Hay días en los que uno piensa que sería mejor no haberse levantado. Todo lo que toca con la mano se deshace, se desintegra y desaparece. Y no encuentra consuelo en respirar mirando al cielo...
Y es que el creador también sufre, y no siempre en silencio, doy fe (añadan a su gusto dentro de este corchete las maldiciones e improperios que se les ocurran...).
Pero si algo nos ha enseñado la historia de la Humanidad es que, en ocasiones, tampoco puede estar uno seguro de que descubrir, inventar o triunfar en un arte o disciplina sea lo mejor que le puede ocurrir al padre de la criatura.
Las dudas me asaltan cuando repaso vivencias propias y ajenas.
La literatura y el arte están plagados de buenos ejemplos. ¿Conocéis el mito de Marsias?
Marsias fue un sileno (término griego que designa a los sátiros que han alcanzado la vejez) que, según algunas versiones, inventó la flauta de doble tubo. Y no contento con haber desarrollado un nuevo instrumento musical, se las compuso para alcanzar la excelencia en el arte de su melodía. Ufano por las sensaciones que producía el fruto de su ingenio, desafió al dios Apolo en un certamen musical, quien aceptó tras establecer que el vencedor tendría plena libertad para tratar al vencido a su antojo (y los errores se pagan, claro). Aunque la lira no pudo vencer a la flauta de Marsias en el primer embite, tras pactar que se realizase la segunda prueba en posición invertida, Apolo fue claro vencedor.
Marsias. Carbón, lápiz de grafito puro y pastel sobre papel 90 g. 21x29,7 cm.
El iluso creador y nuevo maestro quedó a expensas del dios, que lo ató a un árbol y lo desolló vivo.
Siempre recuerdo al pobre Marsias cuando imagino los desastres que pueden causar el exceso de ego y la exaltación desmedida del trabajo propio. Aunque tampoco es conveniente que caigamos a las primeras de cambio en el pesimismo más brutal frente al juicio desfavorable.
En cualquier caso, para mantenerse día a día receptivo frente al impulso creador conviene disfrutar con lo que uno hace porque, sin duda, la felicidad de plasmar lo que uno desea constituye el mayor premio.
Y ya sonará la flauta (o la lira) cuando corresponda...

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